Treinta días después: ¿Qué pasa cuando dejas tu país y comienzas una nueva vida en otro lugar?

Hace un mes dejé Chile.

Y aunque la mudanza implicó cerrar una casa, ordenar una vida y despedirme de una ciudad, hubo algo más que también quedó atrás: la forma en que había construido mi trabajo durante los últimos años.

Si bien The Decor Able nació para ser virtual y global, durante sus primeros 5 años creció recorriendo espacios, visitando obras, reuniéndome con clientes, supervisando instalaciones, entrando a propiedades vacías para imaginar lo que podían llegar a ser. Durante mucho tiempo esa fue mi rutina. Parte importante de mi semana transcurría entre reuniones, desplazamientos y proyectos que avanzaban físicamente frente a mis ojos.

Por eso, cuando decidí mudarme a Estados Unidos, no solo cambié de país. También tuve que despedirme, al menos por ahora, de una manera muy concreta de ejercer el diseño.

Es curioso cómo las cosas más cotidianas terminan revelando su importancia cuando desaparecen. Los trayectos hacia una obra, las visitas a terreno y la posibilidad de entrar a un espacio y percibir inmediatamente aquello que funciona y aquello que no. Todo eso quedó a miles de kilómetros (y días) de distancia.

Y quizás por eso este primer mes ha estado marcado por algo que hacía tiempo no experimentaba con tanta intensidad: observar.

Observar sin la presión de ejecutar de inmediato.

Observar ciudades, barrios, edificios, personas, servicios y formas de habitar que hasta hace poco conocía únicamente a través de una pantalla.

Todavía me cuesta creer que solo hayan pasado unas pocas semanas porque siento que he visto más cosas nuevas en este tiempo que en varios años anteriores. Quizás porque esta vez no llegué como turista. Llegué para vivir.

Y vivir en un lugar es muy distinto a visitarlo.

Cuando uno se instala, empieza a notar cosas que normalmente pasan desapercibidas. Los ritmos de la ciudad. La forma en que las personas se desplazan, cómo compran, cómo trabajan, cómo son atendidas.

Y si hay algo que me ha llamado profundamente la atención desde que llegué a California es precisamente eso: la experiencia.

Aquí parece existir una preocupación constante por hacer que las cosas funcionen bien para las personas, no hablo únicamente de hoteles, restaurantes o grandes compañías.

Lo veo en situaciones cotidianas. En cómo está diseñado un servicio, cómo una marca se presenta y resuelve una necesidad o cómo alguien te recibe. Incluso en los detalles más pequeños suele existir una reflexión previa. Algo que parece haber sido pensado para facilitar la vida de quien está al otro lado recibièndolo.

Resulta especialmente interesante observarlo en una región donde nacieron o crecieron muchas de las empresas que hoy forman parte de nuestra rutina diaria.

Durante algunas semanas viví en el área conocida como Sillicon Valley, entre Sunnyvale, Mountain View y Palo Alto, lugares cuyos nombres vemos constantemente en noticias, documentales, podcasts o artículos de tecnología. Pero estar allí es diferente. De pronto descubres que esos edificios que conocías únicamente a través de una pantalla existen de verdad.

Google existe, Nvidia existe, Uber existe, Amazon existe. Y detrás de todas esas compañías hay personas haciéndolas, en hay ciudades completas funcionando a una velocidad difícil de describir. Aviones aterrizando y despegando cada pocos minutos, carreteras llenas desde temprano. En fin, miles de personas moviéndose simultáneamente para construir algo. Esa una sensación permanente de dinamismo, como si todo estuviera ocurriendo al mismo tiempo es muy patente ene la atmósfera de estos lugares.

Sin embargo, al final del día sucede algo curioso. Las luces se apagan, la velocidad disminuye, y todos volvemos a ser exactamente lo mismo: Personas regresando a casa y buscando descanso, buscando refugio.

Pensaba en eso hace unos días mientras observaba el Bay Bridge desde el piso 39 de una torre residencial. La vista era espectacular, pero la reflexión era otra. Por muy sofisticada que sea una ciudad, por muy avanzada que sea la tecnología o por muy impresionante que sea la infraestructura, seguimos buscando las mismas cosas que han buscado los seres humanos durante miles de años: seguridad, pertenencia, comunidad y un lugar al que llamar hogar.

Quizás por eso San Francisco me parece tan fascinante.

Porque en pocos lugares he visto convivir tantas capas de tiempo al mismo tiempo.

Un Cablecar avanzando por una calle centenaria mientras un vehículo autónomo (sin conductor) circula en paralelo. Edificios históricos que han visto pasar generaciones enteras compartiendo horizonte con nuevas torres de vidrio. Casas victorianas preservadas junto a algunos de los desarrollos tecnológicos más importantes del mundo.

La ciudad entera parece recordarte constantemente que la innovación no reemplaza la historia, sino que convive con ella.

Durante este primer mes también he recorrido barrios, edificios y viviendas muy distintas entre sí. Algunas de las más exclusivas que he visto en mi vida, otras extraordinariamente simples. Muchas de ellas las conocí mientras construíamos nuestro propio hogar comprando objetos de segunda mano, recogiendo muebles de personas que vendían aquello que ya no necesitaban.

Y quizás esa experiencia ha sido tan valiosa como cualquier recorrido arquitectónico, porque me ha permitido entrar en la vida cotidiana de la ciudad. Ver cómo viven las personas, lo que valoran y conservan y lo que dejan atrás.

Por ahora sigo observando. Recorriendo barrios y entrando a edificios., descubriendo nuevas referencias. Disfrutando una ciudad que combina historia, innovación y una energía difícil de encontrar en otro lugar.

Y aunque apenas ha pasado un mes, ya hay algo que tengo claro: Vivir aquí me está recordando constantemente que la excelencia rara vez aparece en los grandes gestos.

Está en los detalles.

En la consistencia.

En la forma en que una marca se presenta al mundo.

En la experiencia que entrega.

En el cuidado con el que se piensa cada interacción.

Lo veo a diario en empresas globales, en pequeños comercios, en edificios residenciales, en cafeterías y en servicios cotidianos. Y como diseñadora, resulta imposible no absorber todo eso.

Porque al final, diseñar espacios y construir una marca tienen algo en común: ambos consisten en crear experiencias que las personas recuerdan.

Quizás esa sea la mayor inspiración que me llevo de este primer mes.

No solo la tecnología o los grandes los edificios, ni siquiera la magnitud de las ciudades.

Sino la convicción de que los detalles importan, y que cuando están bien ejecutados, son capaces de transformar la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos con el mundo que nos rodea.

Porque al final, cambiar de país no solo implica descubrir un lugar nuevo.

También implica descubrir todo aquello que habías dejado de ver en el lugar que ya conocías.

Y tal vez esa sea una de las razones más valiosas para empezar de nuevo de vez en cuando: no para convertirse en otra persona, sino para recuperar la capacidad de observar el mundo con atención.

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